El rincón más soleado.

Sobre la novela “Mas fría que la guerra”.

Resumen: “Mas fría que la guerra”, una novela de fantasía ucrónica de ritmo trepidante.

Acabo de leer la novela “Más fría que la Guerra”, de Fabián Plaza Miranda, y me ha gustado mucho. Es una novela de fantasía ambientada a finales de los años 80 con una narración trepidante, giros narrativos sorprendentes y un mundo ficticio complejo.

La descripción de un mundo en el que la Unión Soviética va ganando la guerra fría, el franquismo se mantiene en el poder y donde la presencia de la magia es patente desde 1969 podría admitir más desarrollo, a veces uno se queda con las ganas de que el autor cuente más sobre como el mundo llegó a su situación actual y como afecta a la vida de los personajes, pero entiendo que el autor sacrificó esa exploración del mundo que imaginó (que hubiera dado lugar a un tocho de por lo menos seiscientas páginas) en aras de lograr un relato más fluido.

Al relato se le puede objetar la banalización de las drogas, todos los personajes son alcohólicos o consumidores de drogas ilegales, sin que ello les acarree perjuicios directos. Por desgracia la banalización de las drogas es muy frecuente en la cultura española contemporanea, vivimos en una sociedad colocada que no soporta estar sobria, todo un tema.

Finalmente, este premio Minotauro de 2021 resulta una lectura muy atractiva, habrá que tener en cuenta los premios Minotauro como referencia a la hora de escoger lecturas.

Desde la Constitución de 1978 tenemos libertad religiosa en España, pero el ejercicio de esa libertad ha sido muy deficiente, generalmente se ha entendido como el derecho a poder elegir entre ser católico o agnóstico, no como un derecho activo a explorar libremente la esfera espiritual y a organizarse libremente para el desarrollo de actividades religiosas, con organizaciones grandes o pequeñas.

Los españoles tenemos marcado a fuego que el organismo competente para gestionar la religiosidad de los españoles es la Iglesia Católica Apostólica y Romana, siendo eso cierto tanto si eres católico más o menos practicante como si eres ateo, pues los ateos españoles suelen serlo en oposición a la Iglesia Católica Romana, con el catolicismo como referencia absoluta de que es lo que rechazan, o sea, suele ser un ateismo católico.

Esta concepción de la Iglesia Católica Apostólica y Romana (I.C.A.R.) como burocracia religiosa competente por defecto en asuntos relacionados con la espiritualidad de los españoles étnicos, viene de lejos. En el siglo tercero, en la cultura política de los imperios persa y romano, surgió la idea de que era necesario homogeneizar la manera de pensar de los súbditos mediante el establecimiento de una religión oficial. En el Imperio Romano, en ese siglo ya muy militarizado y con un gobierno imperial de tipo absolutista, ya se había experimentado con el culto al emperador y ahora se intentó establecer un sistema religioso oficial en torno al Sol Invicto. La cosa no cuajó, el cristianismo ya estaba muy extendido y no era compatible con el culto al Sol Invicto, por lo que el emperador Constantino renunció a imponer el culto al Sol Invicto como religión oficial y se vio en la necesidad política de establecer como tal al cristianismo... eso si, hackeando previamente el cristianismo para hacer una versión 2.0 más adecuada para servir de estructura ideológica del Imperio Romano. Así Constantino y luego el emperador Teodosio reformatearon el cristianismo haciendo que sus obispos y presbíteros adoptaran formas y funciones de la magistratura y sacerdocio tradicional romano, se establecieron vestimentas sagradas inspiradas en la de los magistrados civiles y religiosos romanos, la liturgia imitó protocolos ceremoniales de la corte imperial, etc. Así surgió la Iglesia Católica Apostólica y Romana como organismo oficial de la religiosidad, primero del Imperio, luego de los reinos medievales y finalmente de los estados europeos desde el renacimiento a, en España, 1978. Cuesta superar un orden mental mantenido durante tantos siglos en los que la I.C.A.R. ha funcionado como un Ministerio de la Religión.

Así nos encontramos con que a los españoles étnicos nos cuesta identificar nuestras inclinaciones religiosas con otras ajenas a la institucionalidad católica que nos corresponde por razón de nuestra etnia. Podemos adoptar con facilidad prácticas espirituales como la Nueva Era, el pensamiento positivo, la Ley de la Atracción o el presentismo porque no suponen colaborar con otra organización que la Católico-Romana que nos corresponde, pero relacionarse con organizaciones religiosas no católico-romanas (ya no digamos organizarlas) lo sentimos como algo impropio de nuestra identidad colectiva. Incluso hay movimientos religiosos disidentes inclinados a modelos muy semejantes e incluso idénticos a los propios de iglesias anabaptistas, luteranas, episcopalianas, cuáqueras, o del movimiento de Emerging Church, que parece que tratan de repetir la reforma protestante sin darse cuenta de que ya está hecha, sin quererse salir del paraguas de la I.C.A.R y sin que se les pase por la cabeza que sus talentos pueden dar más fruto en el marco de una organización religiosa ajena a la I.C.A.R., la burocracia sagrada que les corresponde como españoles étnicos.

¿CRISTIANISMO EN DECADENCIA?

El cristianismo que pervive en Europa es en su mayor parte un cristianismo cultural que funciona como un folklore que da identidad, pero para muy pocos el cristianismo es un camino espiritual o una manera de entender la vida. Hoy el día el cristianismo en Europa está desplazado por otros metarrelatos como el presentismo, el nihilismo, el consumismo, la Nueva Era o la concepción de la persona como una entidad esencialmente económica.

Además la idea de cristianismo sigue muy ligada a los marcos institucionales tradicionales en los que el cristianismo ha venido funcionando, marcos institucionales procedentes del Bajo Imperio Romano y desligados de las maneras de organización contemporaneas, lo que da a las iglesias, principalmente la romana, un valor de continuidad histórica pero a costa de desconectarla de la sociedad moderna, sin que los cristianos acertemos a hacer un ejercicio efectivo de nuestra libertad religiosa, asumiendo legitimidades históricas de las instituciones religiosas y manteniendo fuertes tabues respecto a otras formas de organización eclesial más contemporaneas y democráticas.

Es llamativo que llega a suscitar más adhesión incondicional el aparato institucional católico-romano que los propios principios teológicos y doctrinales que la Iglesia Católica Apostólica y Romana propone. Así es corriente ver propuestas rupturistas en materia teológica, que se alejan completamente del Credo de Nicea, del más esencial consenso doctrinal cristiano, y que pueden tener el carácter de propuestas gnósticas o new-agers, que sin embargo pretenden desarrollar su propuesta religiosa sin salirse del marco de la institucionalidad romana, a pesar de situarse mucho más lejos de la doctrina católica que cualquier otra iglesia cristiana. El rupturismo doctrinal más audaz unido al más tenazmente conservador vínculo identitario con una institución de organización monárquica. Tal es el grado de abracadabrante fascinación por el aparato institucional de la ICAR, una fascinación que llega a la idolatría, al priorizar la fidelidad al sentimiento de pertenencia a la institución sobre la fidelidad al mensaje evangélico o sobre el ejercicio coherente y adulto de la libertad religiosa de la que somos titulares.