La pista enana.

Relato costumbrista y de fantasía de ambientación contemporanea.

Parte 1: Cuidado con las charlas profundas.

La conversación se estaba poniendo profunda en casa de Fátima, quizá bajo la influencia de la botella de vino que se habían ventilado, con cuestiones como su hay una verdad objetiva, si la vida y el universo tienen un sentido, si existe Dios... El tema religión suele ser aun más peligroso que la política en una reunión de amigos, no solo acecha el riesgo de discusiones acaloradas si no el riesgo del ridículo. Sin embargo el ambiente era tan fluido que consiguieron continuar la charla amistosa y relajadamente. Puestos a definir sus posturas, la cálida Juana resultó ser agnóstica y materialista, Teo decía ser agnóstico pero a poco que se rascara salían ideas de la Nueva Era, filosóficamente relativista postmoderno, su novio Casimiro sin embargo era cristiano y de tendencia postmoderna, Fátima tenía unas creencias similares a su hermano Teo, Leonor era Baha'i no practicante y racionalista, Rosendo wica y relativista, Poli atea existencialista y Román agnóstico abierto al cristianismo y con curiosidad por otras religiones. Excepto a Rosendo, Román no conocía mucho a aquellos amigos de Fátima pero le parecieron majos.

Acabó la velada con la sensación agradable de la amistad compartida y de comprobar que eran una pandilla interesante, aunque con la nota melancólica de que Román sentía que su relación con Fátima no avanzaba y seguía instalada en la indefinición. Eran más que amigos pero no llegaban a ser pareja.

– ¿Vas hacia tu barrio? Te acompaño- le dijo Casimiro tras despedirse de Teo.

Casimiro le contó a Román que estaba yendo a una iglesia algo diferente y que le gustaría invitarlo.

– En realidad no soy una persona religiosa- objetó Román.

– Pero tienes cierta sensibilidad hacia lo religioso y eres un hombre curioso. Creo que te podría resultar interesante, al menos como experiencia.

Al final le picó la curiosidad porque Casimiro no encajaba en el modelo de un meapilas, el domingo fue a la iglesia de La Trinidad, instalada en un bajo en un barrio no muy periférico.

Llegó deliberadamente justo de tiempo, con la misa empezando, y tomó asiento en una silla cercana a la puerta. La sala no tenía mucha pinta de iglesia, más bien de sala de reuniones o de sala de actos de una asociación, solo la parte del altar tenía un aspecto más religioso. La disposición de los asientos no le facilitaba pasar desapercibido (como había pretendido) porque el altar no estaba al fondo de la sala si no en su lado derecho. Al fondo estaban un par de músicos y las sillas de los asistentes se situaban frente al altar formando un arco. Casimiro le saludó desde su asiento. Un hombre de unos sesenta años, con alba, parecía dirigir el culto, los fieles le iban contestando conforme a la liturgia. Cedió la palabra a una señora con alba, sentada en otra parte de la sala, que pronunció la oración penitencial y luego a otros intervinientes con alba o sin ella que hicieron lecturas bíblicas, la liturgia parecía desarrollarse de una manera bastante coral. Mientras se hacía la primera lectura Román se distrajo un poco y su mirada exploró los rostros de los asistentes. Le hizo gracia ver a una mujer joven con alba y estola, sentada en un extremo del arco de sillas de los asistentes, porque se parecía mucho a su amiga Elia, una ingeniera de mentalidad práctica y directa, bailona y desinhibida en sus relaciones con el sexo opuesto.

Al terminar la lectura del evangelio, la joven con alba se levantó, se dirigió al púlpito y pronunció la homilía. Román quedó estupefacto ¡Era Elia! No pudo entender mucho de la homilía porque estaba demasiado sorprendido como para prestar atención, pero parecía una predicación con contenido solvente. Después Elia consagró el pan y el vino. Román no pensaba comulgar, no se sentía cristiano como para participar en el rito, pero todo el mundo participaba de la comunión y una señora le animó a comulgar con un gesto acogedor y desdramatizador que lo desarmó. Al recibir el pan y el vino de Elia, esta le sonrió en gesto de reconocimiento y bienvenida.

Al acabar el oficio la gente se mostró alegre y amistosa. Casimiro se juntó con Román tomando el papel de anfitrión. Buena parte de los feligreses se quedaron a compartir cafés y pastas y Casimiro le hizo algunas presentaciones. Al poco Elia, ya sin vestiduras litúrgicas, salió del despacho o sacristía donde había entrado al acabar el oficio, parloteó con unos y otros mientras iba a servirse un té, y finalmente pudo acercarse a Román.

-¿Sorprendido?– le dijo al llegar hasta él. – La verdad es que si. – ¿Os conocíais?– preguntó Casimiro. – Desde secundaria- dijo Elia- pero Román no sabía que soy presbítera. Este señor es el culpable de que lo sea.

Todos miraron al sesentón que parecía dirigir el culto, que llegaba para unirse al grupo.

– ¿Hablabais mal de mi? – Si Telmo, les conté que por tu culpa me metí en estos líos- dijo Elia antes de presentarle a Román. – Te resististe un poco- le dijo Telmo a Elia- pero tus condiciones para el presbiterado estaban ahí, solo tenías que soltarte.

Román manifestó su interés por como Elia se había hecho presbítera, ella dijo que ya se lo contaría, que no quería aburrir a los demás con una historia que ya conocían. Román le tomó la palabra.